Sanidad del Alma | Salmo 41:4


Jehová, ten misericordia de mi; sana mi alma, porque contra ti he pecado.



Evidentemente el Salmista escribió esta súplica en momentos dolorosos de su vida, siendo perseguido por sus enemigos, y hallándose física y moralmente enfermo. En tales circunstancias tuvo buena ocasión de examinarse a sí mismo. Viéndose pecador, sentía el alma enferma, y reconociendo a Jehová cual médico espiritual, acude a su misericordia en busca de sanidad. Podemos, pues, fijarnos en que David reconoce primero su enfermedad espiritual; reconoce, segundo, a Jehová como sanador y, reconoce, tercero, la necesidad de acudir a su misericordia.

Reconocimiento de la enfermedad.
“Sana mi alma”.

Vemos que:
a) No se asemeja a los fariseos que no sienten necesidad de médico, sino que dicen: “Soy tan bueno como los demás, no he hecho mal a nadie”, “te doy gracias porque no soy como los demás hombres”.
b) En realidad, hace más que confesar que ha peca- do, pues reconoce que el mal está en su carácter, que el mal está en su alma como enfermedad fatal que requiere sanidad divina.
c) Sentía la enfermedad: una “ley en sus miembros” que siempre tiraba al mal, como la cabra tira al monte y el puerco al fango.

Reconocimiento de Jehová cual sanador del alma.

"Jehová..., sana mi alma".

Fijémonos en que:

a) No espera hallar la sanidad de la lepra del pecado en esfuerzos propios como tantos que la esperan de sí mismos, ni confiaba en la eficiencia de sus sacerdotes y levitas, ni mediante sacrificio de animales.

b) Desesperado de sí mismo, de todo y de todos, reconoce cual único sanador a Jehová. Como rey, tenía potestad como el primero de su reino, pudiendo decir a este: “ven”, y viene; y al otro: “vete”, y se va; salgan ejércitos a la guerra, y salen obedeciendo todos; pero contra la enfermedad de su alma, nada podía y hubo de dirigirse al Señor como el último de sus súbditos. Tal es la enfermedad del alma...

Reconocimiento de la necesidad de acudir a la misericordia.

“Ten misericordia de mí”.

Notemos que:
a) El enfermo no acude al médico con pretensiones o excusas, echando la culpa de su mal a otros.
b) Invocando el Salmista la misericordia o la gracia, no solamente reconoce la enfermedad del alma, sino la culpa del pecado. Y así es: el pecado no es meramente enfermedad del alma, sino ofensa a Dios, haciendo necesario acudir a la misericordia o la gracia del Señor.

Exhórtese al oyente a que imite a David en cada punto, acudiendo a Jesús, al Jehová manifestado en carne, y resultará la sanidad del alma del pecador.

Ilustraciones.

Curación del leproso, Mateo 8:1-3.
Curación de la que estaba enferma doce años Marcos 5:25-34.