Petición de Peticiones | Marcos 10: 17


Saliendo él para ir su camino vino uno corriendo, e hincando la rodilla delante de él, le preguntó: Maestro bueno, ¿qué haré para poseer la vida eterna?



En esta breve meditación no vamos a explicar la respuesta a esta pregunta, a esta petición, sino vamos a aprender cosas sumamente provechosas en orden a la oración. No vamos a dudar por un momento de la sinceridad del suplicante del texto, sino a admitirla en todo su valor y considerar al hombre cual ejemplo digno de imitarse, especialmente por las almas que todavía no tienen resuelto el problema que embargaba al hombre del texto. Notemos, pues:

Su impetuosidad: Vino uno corriendo. Magnífico ejemplo para los que no están ciertos de poseer ya la vida eterna. No pudiendo la gracia hallarse en cualquier momento, urge hacer como éste:
a) Apresurarse, aprovechando la ocasión.
b) Poner toda la energía, todo el ser en el acto, como quien corre; hacer verdadero esfuerzo para resolver el asunto.
c) No pararse en consideraciones de lo que dirán otros, sino con tal impulso acudir a Jesús.

Su respeto: “Hincando la rodilla delante de él”. Magnífico ejemplo también, que demuestra:
a) Ánimo y valor, tratándose de acudir a quien la gente de su clase despreciaba.
b) Humildad, la condición de alma sin igual para conseguir del Señor lo que se pide.
c) Profundo respeto, adoración. Jesús es digno de adoración y recibe la adoración. Es Dios, El y el Padre son una cosa.

Su petición: “¿Qué haré para poseer la vida eterna?”
Por mucho que implique este ruego un gran error de concepto, el de “hacer” para “poseer”, no hay petición más importante para el hombre mortal que esta. Es la petición de las peticiones.
a) La vida eterna implica la salvación del pecado y vida nueva aquí.
b) Es la posesión de la naturaleza divina y bienaventuranza consiguiente ya en principio en este mundo.
c) La vida eterna es muchísimo más que la existencia eterna: es la gloria eterna, vida verdaderamente celeste, bienaventuranza suprema.

Su acertada elección: “le preguntó”. ¿A quién mejor que a Jesús podía dirigirse con tal petición?
a) Nadie mejor podía contestarle.
b) Nadie mejor podía ayudarle, pues Jesús es el dador de la vida eterna. “Yo les doy vida eterna”.