No dudando Nada | Santiago 1:6


Pida en fe no dudando.



“Pedís, y no recibís, porque pedís mal”, dice el mismo Santiago, y una de las muchas maneras de pedir mal, es pedir dudando. Pedir para gastar en deleites es malo, peor todavía es pedir dudando. Gastando en deleites nos dañamos a nosotros mismos; dudando deshonramos a Dios. Ambos males anulan la promesa. Con motivo del texto podemos preguntar, pues: ¿Por qué es tan necesaria la fe para la oración eficaz? ¿Por qué es tan mala duda? Y ¿cómo librarse de mal tan grande?

¿Por qué es tan necesaria la fe?

“Pida en fe”.
a) Porque Dios así nos lo hace saber en su Palabra. Mat. 9: 29; 17: 20; Marcos 11: 22; Luc. 7: 9; Mat. 21: 22; Mar. 11: 24; Sant. 5: 15.
b) Porque esta condición, seguramente, es la más fácil y la más natural. Si Dios pidiera al hombre, para ser oída y atendida su súplica, santidad perfecta o justicia, amor perfecto o paciencia perfecta, nada conseguiría la oración del hombre más santo de la tierra. Pero creer o no creer, de esto es capaz cualquiera, aun el niño de tierna edad. La fe se nos presenta como el me- dio de recibir de Dios lo que promete: es la mano que recibe sus dones de gracia. Pedir sin fe, es como presentarse ante Dios, un cuerpo sin manos con que coger lo que ofrece. Mar. 5: 34; 10: 52; Luc. 18:42.

¿Por qué es tan mala la duda?

“No dudando nada.”

(a) Porque deshonra a Dios: le trata como informal en sus promesas, impotente en su poder, incapaz en su sabiduría, defectuoso en su amor. (Juan 3: 18, 36).
(b) Porque Dios detesta la duda, siendo inspiración diabólica, obra del padre de la mentira. Y por otra parte se deleita en la fe. Sin fe es imposible agradar a Dios. (Heb. 11: 6. Mar. 4: 40; Luc. 7: 9).
(c) Porque la duda es la desgracia mayor del carácter del hombre: es semejante a la onda del mar, etc. La fe vivifica, la duda mata.

¿Cómo librarse de mal tan grande?

Si alguno de vosotros tiene falta... dice el contexto. Queremos ver aquí parte y principio del remedio; a saber:
(a) Reconocer la falta: la gravedad del pecado de la incredulidad, el insulto constante contra Dios, que implica la insigne locura moral del gusano, de poner al Omnipotente en tela de juicio. Reconocer la falta aquí equivale a un profundo quebranto de corazón, un arrepentimiento y humillación ante Dios, tal, que no se tranquilice la conciencia con ninguna cosa del mundo fuera de:
(b) La aplicación del remedio: Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para que nos perdone nuestros pecados y nos limpie de toda maldad (1 Juan 1: 9).