¡Fuera incredulidad! | Marcos 9:24


Y luego el padre del muchacho dijo, clamando: Creo, ayuda mi incredulidad.



Léase el contexto y se verá la razón de la incredulidad del padre del muchacho. El desgraciado padre había llevado a su pobre hijo endemoniado a los discípulos y nada pudieron hacer por él. “Si tú puedes” algo, “ayúdanos”, dice a Cristo. Si esta oración no es pura incredulidad demuestra gran duda, Jesús le devuelve la palabra: “Si tú puedes (algo) creer: al que cree todo es posible. Nada tiene, pues, de extraño que exclame el padre: “Creo, ayuda mi incredulidad” (removiendo este obstáculo).
El Dr. Maclaren ve aquí el nacimiento de la fe, su infancia, su clamor y su educación.

Su nacimiento.
Aquí notamos: a) el gran deseo, b) sentimiento de nulidad total y c) la aceptación de las promesas del Señor. Nótense bien estas tres cosas en el padre. El deseo es el primer paso hacia la fe. El sentimiento de inutilidad o total incapacidad había atormentado padre, así que nada esperaba de sí; pero su espíritu buscaba punto de confianza, punto de reposo en otro. No lo halló en los discípulos: acudió a Jesús mismo y oyó su palabra, notándose ya una chispa de fe en su corazón. Así nació su fe.

Su infancia.
Pero en el momento que procura creer en el poder de Jesús, notó en sí incredulidad. La pequeña chispa le iluminó suficiente para que viera el gran abismo de incredulidad de corazón. Así la fe en su infancia puede coexistir con mucha duda. Así que el neófito, al sentir vacilación o duda, no debe pensar que esto sea señal de ausencia total de la fe verdadera. Pero el creyente no debe permanecer en estado de infancia.

El clamor de la fe en estado de infancia.
“Ayuda mi incredulidad”, remuévela, o como traduce N. P. “suple mi falta de fe”, es clamor propio de este estado. Fe débil, es fe; pero no es este su estado normal. Es preciso que aumente. “Señor, auméntanos la fe”, es el clamor de la fe en su estado de infancia.

La educación de la fe.
El Señor procede a contestar al grito de la débil fe, respondiendo a la confianza imperfecta con su obra perfecta de la curación del niño, removiendo la duda y fortaleciendo, mediante esta cura perfecta, la fe imperfecta, del padre. Así Dios hoy educa la fe de los creyentes débiles, contestando a sus deseos, dándoles más de lo que pueden pedir o pensar. Sus dones reprenden la pobreza de nuestra fe más que pudieran hacerlo las palabras de reprensión. Cuando Pedro quiso andar sobre las aguas y empezó a hundirse, gritó al Señor pidiendo socorro, y el Señor no lo regañó de palabra inmediatamente, sino le asió de la mano y le salvó.

Pero si todavía se desvía del objeto nuestra confianza, empezando a descansar en otro o en otra cosa, vendrá quizá la lección en otra forma: tribulación, derrota, pérdida, pena; pero gracias al Señor, que de todas maneras todo contribuirá a hacernos firmes y constantes en la fe.