Excelente Deseo | Hechos 21: 14


Hágase la voluntad del Señor.



¡Cuántas veces olmos estas palabras, aun de la boca de personas que ni por un momento quieren que se haga otra cosa que la voluntad propia! Otros se expresan así, únicamente cuando ha capitulado, pudiéramos decir, la voluntad propia, como lo indica el texto. Pero también hay personas que sinceramente procuran alcanzar la medida de Cristo, diciendo siempre a Dios: No como yo quiero, sino como tú». ¡Dichoso quien haya llegado a tan completa armonía con Dios!

Convenzámonos de que nada de lo que hagamos estará bien hasta que sea hecho como Dios quiera, y que no puede abrigarse en pecho humano mejor deseo que este: que sea hecha su voluntad. Meditando sobre este texto, podemos, pues, preguntarnos: ¿Cuánto abarca este deseo? ¿Por qué es tan importante? ¿Y cómo se realiza?

¿Cuánto abarca?
a) Nuestra voluntad. Si no fuese así, desde luego resultaría hipocresía decirlo.
b) Nuestros pensamientos. Es preciso que deseemos pensar como Dios quiere que pensemos. Así, nuestros pensamientos resultarían pensamientos de Dios, pues Dios no quiere que pensemos otra cosa.
c) Nuestras palabras. Deseando que se haga la voluntad de Dios incluimos también las palabras: que no hablemos sino lo que Dios quiere que hablemos.
d) Nuestras obras. Desde luego, el hacerse la voluntad de Dios incluye nuestras obras. Desear que se haga la voluntad propia o la de otro, es desear quizá todo lo contrario al texto.

¿Por qué es tan importante que se haga la voluntad de Dios?

a) Porque el oponerse a la buena voluntad divina resulta guerra desastrosa. ¿Quién jamás quiso hacer prevalecer la suya sin quedar aplastado? Recuérdese a los Faraones y a los Herodes.
b) Porque el hacerse la voluntad divina equivale a la bendición y felicidad del que ajusta la suya a la de Dios y entra en armonía con El. Bienaventurado el tal varón. (Salmo 1).

¿Cómo se realiza el deseo?

La voluntad divina, expresada en sus leyes, se realizará aun cuando se oponga el gusano de la tierra. No obstante, no debemos olvidar que su bondad infinita respecto a nosotros reconoce condiciones bien claras.

Por ejemplo:
a) Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad, y esto a condición de arrepentimiento y fe en el Evangelio.
b) Dios quiere la santificación del corazón por entero, y esto no se realiza sin la entrega del mismo, sin reserva, al Señor.
Miremos bien, pues, que no usemos hipócritamente esta frase, diciendo: Hágase la voluntad de Dios, sin suprimir la nuestra, sujetándola al Señor.
Una meditación sincera, sobre estas palabras, debe conducir a la humillación y servirá favorablemente como introducción a la oración concertada y unánime.