Bendita Resolución | Lucas 15: 18


Padre: he pecado contra el cielo y contra ti.



Esta confesión del hijo pródigo sirve muy bien para una breve plática al abrirse el culto de oración. Será bueno recordar aquí que estas palabras son sólo la expresión de un sentimiento, de una resolución que tomó el pródigo al volver en sí, o sea, al arrepentirse, y son, por lo tanto, el bello fruto del arrepentimiento, o en otras palabras, la expresión del estado espiritual que no sólo debe distinguir al pródigo pecador en el momento de acercarse a Dios, sino también a los hijos de Dios al acercársele en oración, aun cuando no se hayan apartado del Padre como aquel desventurado cuya resolución expresan.


Padre.

Así iba a expresarse, pero siente que no es digno de que salga tal palabra de sus labios. Este nombre sería un insulto pronunciado por un ser envilecido moralmente, andrajoso, sucio, por un porquero como él era.
“Padre”; pensemos también nosotros en cuan poco hemos honrado a Dios, en cuan indigno es el mejor de nosotros para que, al acercarnos al Padre de toda santidad, acudamos humillados, reconociendo que sólo por su condescendencia e infinita gracia podemos llamarle Padre.

He pecado contra el cielo.

El pródigo lo había sido de un modo tan palpable que estaba a la vista de todo el mundo. Pero no olvidemos de mirar nuestra condición, no desde el punto de vista humano, sino del divino. Y desde éste, sabemos que a la vista del Señor ni son puros los mismos cielos, y que toma en consideración pecados de ignorancia, de omisión y comisión, de palabra y pensamiento.
¿Por qué el joven dice primeramente “he pecado contra el cielo”? Sencillamente porque, ante todo, reconoce su pecado contra Dios. Pecar “contra el cielo” equivale a pecar contra el Dios del cielo. Imitémosle.

Y contra ti.

El pródigo iba a confesar su enorme culpa a su padre terrenal, y por eso dice: contra o delante de ti, después de haber pensado, en primer lugar, en el Padre celestial. De esto vemos que las ofensas que cometemos son ofensas a la divinidad y a la humanidad a la vez, al cielo y a la tierra, y que por lo mismo es preciso, para la paz del alma, que consigamos el perdón del Dios ofendido y del hombre ofendido también.

Otra observación; dice el pródigo: Yo he pecado. Debe ser personal nuestra confesión. Es preciso que cada cual de por sí, sienta su miseria y la confiese, en nombre de Jesús, al ofendido.
Repetimos que estas palabras sólo expresan la resolución del pródigo. Pero, por lo que vemos, fue una resolución que no se le dio oportunidad de llevar a la práctica. ¿Por qué? Seguramente porque Cristo quiere enseñarnos que Dios conoce el corazón del arrepentido y le perdona en el momento de tomar la resolución de confesar, por no tener necesidad de nuestras palabras.